La arcilla se pisa, se amasa con agua clara y se deja reposar para que las impurezas se rindan por peso. Luego se lamina, se corta y se cuece una primera vez. El baño de estaño blanquea, los óxidos colorean, y la segunda cocción fija ese cielo terrestre. Cada horno deja firma: temperatura, leña, corrientes de aire. Por eso, dos azules cercanos no son idénticos; uno recordará el humo de olivo y otro la llama más corta de un día ventoso.
Alicatar es traducir curvas en piezas rectas. Con plantillas de cartón y alicates firmes, los talleres recortaban rombos, trapecios y lazos con márgenes casi invisibles. Cuando una esquina falla, se compensa en la junta y nadie lo nota, salvo el ojo entrenado. Esos microajustes sostienen estrellas perfectas. Verás pequeñas variaciones de ancho en bandas paralelas: son huellas de mano humana, no errores. Precisamente allí nace la calidez que el tiempo vuelve indispensable y que ninguna máquina reproduce con la misma respiración.
En algunos paños, un verde invade al azul por exceso de fundente, creando ríos imprevistos. Lejos de ocultarlos, ciertos maestros los incorporaron como acentos de vida. Otros secretos se esconden bajo las piezas: señales cruzadas para montar rápidamente, iniciales de aprendices orgullosos, y trazos en seco para guiar simetrías complejas. Cuando una grieta se detiene en ángulo recto, no es casual; habla de tensiones resueltas con inteligencia. Detectarlas te hace cómplice de un oficio que siempre negoció con el azar.





