Cuando el aire entra generoso y el combustible arde limpio, el cobre vira a verdes claros, el hierro se mantiene dorado y el cobalto permanece nítido. La clave está en uniformidad, parrillas ordenadas y ritmos de alimentación constantes que eviten picos bruscos, garantizando capas vítreas claras, adherentes y estables a largo plazo.
Al restringir oxígeno y dejar que el humo negocie con los óxidos, emergen turquesas intensos, sombras profundas y, en segundas cocciones, destellos metálicos. El momento exacto importa: demasiado pronto ensucia, demasiado tarde apaga. La experiencia escucha el tiro, lee el color de la llama y decide con serenidad casi musical.